El caso. BBVA decide aprobar un préstamo mirando una sola señal: los ingresos del cliente (x, estandarizados a [0,1]). Un árbol de decisión elige un umbral t que parte a los clientes en dos grupos: los de la izquierda (ingresos bajos) y los de la derecha (ingresos altos). El buen corte deja cada grupo lo más puro posible: casi todos de la misma clase.
Lee así. Cada punto es un cliente sobre el eje de ingresos: dorado = aprobado, gris = denegado. La línea dorada vertical es tu umbral t; al moverlo se enciende el término t de la regla. Cada región se pinta con el color de su clase mayoritaria y muestra su Gini. La marca punteada señala el t óptimo (el de máxima Ganancia).
La idea. Un árbol repite este mismo gesto: busca la pregunta ("¿ingresos < t?") que más impureza elimina, parte, y vuelve a partir cada trozo. Encadenando cortes puros construye una escalera de reglas if-then.
Negocio. Su gran virtud es que es legible: un analista de riesgos de BBVA puede leer el árbol como una política ("si ingresos bajos y sin aval, deniega") y justificarla ante un regulador. No hace falta escalar variables ni interpretar coeficientes.
El dial clave. La profundidad. Un árbol poco profundo generaliza pero se queda corto; uno muy profundo memoriza el ruido de tus clientes históricos: sobreajuste. Se controla limitando profundidad, hojas mínimas o podando.
Y ahora. Para domar el sobreajuste sin perder poder se promedian muchos árboles distintos: eso son los random forests del próximo tema.